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Un salto decisivo...

Mc 10,46-56

Estamos en la etapa final de este magnifico camino de Mc 10 que iniciamos hace varias semanas. En esta "escuela itinerante" hemos encontrado al Maestro de Galilea que quiere curar y prevenir en nosotros, sus discípulos, la famosa esclerocardía, dureza del corazón, de la que hemos ido descubriendo las causas más profundas. 

Jesús ha encontrado varios personajes a través de los cuáles hemos podido detectar a qué punto esta enfermedad nos ha tocado o puede poco a poco abarcar el corazón, lugar que según la cultura bíblica retiene la centralidad de la persona. El vicio por el placer que no le interesa asumir hasta el final el compromiso, representado en los fariseos que buscan la aprobación del divorcio; el afán de poseer y de no perder las riquezas, representado en el hombre rico; el ansia por poseer el mando y el poder por encima de quien sea, representada en los discípulos Santiago y Juan.


Y en este domingo encontraremos el último personaje de este camino mientras Jesús va en subida desde el valle del Jordán hasta Jerusalén, el podio más alto a donde nos llama el Maestro. Pero necesitamos preguntarnos antes ¿en qué etapa del camino hacia Jerusalén me encuentro? ¿En cuál de los tres personajes me he sentido más identificado a lo largo de estas semanas? ¿Un poco de los tres, uno en particular? 

San Ignacio nos invita a no tener miedo de reconocernos en los personajes del evangelio, sino más bien tener miedo de no movernos de ahí. En su grande introspección y espiritualidad, nos da las claves para detectar a que punto estamos y hasta donde estamos dispuestos a llegar, porque al final de cuentas el Señor respeta nuestra libertad aunque claro que nos quisiere muy cerca de él.


En una meditación llamada los tres binarios, es decir tres disposiciones de la voluntad, ahí nos presenta un test de la voluntad donde podemos medir nuestra capacidad para poder corregir el rumbo que llevamos y renunciar a las repugnancias y apegos desordenados que nos han llevado por senderos equivocados. Nos invita en este ejercicio a considerar si realmente somos libres para ser elegidos o seguir a Jesús.

- La primera clase de binario o disposición: es la evasiva o dilatoria, es decir la de aquellos que, lo que pueden hacer hoy lo dejan para mañana, los que conociendo sus apegos (materiales, personales, sociales, intelectuales) los quieren dejar pero no ponen los medios hasta la hora de la muerte.

- La segunda clase: es la negociadora o mezquina, la de los que dan a condición de recibir, la de los que quieren quitar su afección pero permanecer con lo poseído. La de los que busca que Dios se acomode a su parecer, y que no quieren abandonarse totalmente a la voluntad divina, aunque ello sea lo mejor.


En estas dos clases de tipos de disposición de la voluntad podemos encontrar a esos tres personajes que hemos venido conociendo de cerca.

- El hombre rico que de rodillas suplica qué hacer para tener la vida eterna pero no pone los medios porque no puede todavía dejar sus apegos.

- En los fariseos que quieren cumplir la ley del Señor pero les queda comoda la ley del divorcio, porque cuando ya no les va... porqué no cambiar, además ¡Moisés dio la ley!

- O en el caso de los discípulos que buscan los primeros puestos, tener el poder de mandar pero al estilo del mundo y no entrar en las categorías del servicio y la donación y entrega de la vida sin miramientos ni burocracias.


Meditando sobre estos tipos de disposiciones he recordado que este año, por varios razones de salud, tuve que dejar los quesos, y no hay peor cosa que sufrir de un vicio, nunca me imaginé que fuera en cierto sentido adicta a los quesos desde niña y más aún en Italia donde los quesos europeos son una delicia.... no era capaz de renunciar a ellos porque además dicen los científicos que los quesos liberan casomorfinas, una sustancia estructuralmente parecida a las endorfinas que genera una agradable sensación de bienestar y que provocan una fuerte adicción... No fue fácil pero lo logre, pero ¡cómo se sufre! 

Y me veía así, atacada y apegada a mis endorfinas lácteas como estos personajes, atacados a sus afectos y negociando su posición con el Señor. E igual me veo negociando mezquinamente con el Señor ¡Sí te sigo pero.... déjame que me coma este quesito! jajaja


¿cuál es el queso al que tu corazón está tan apegado que te defiendes con casco pero te agarra por la cola y caes en la trampa?

¿cuáles son tus casomorfinas lácteas que no quieres soltar? 

- La tercera clase de binario o disposición es el alma generosa y decidida, la de quienes resuelven renunciar a todo apego, no importándoles el tener o no cosa alguna, pues lo que en verdad les interesa y les mueve a una u otra opción, es sólo aquello que sea para mayor gloria y servicio del Señor.


Y es aquí cuando llegamos a la última etapa de esta escuela itinerante en Mc 10. Jesús encontrará a un personaje que a los ojos del mundo y de los tres personajes anteriores es un don nadie, Bartimeo un limosnero y ciego, no es un hombre rico, no es un fariseo respetuoso, ni el discípulo de posición privilegiada. Es un don nadie al que todos quieren callar pero su fe lo hace gritar más fuerte. Ser limosnero (en griego prosaitēs, προσαίτης) y además ciego (tufos, τυφλός) era una desgracia total porque son consideradas personas extremamente débiles y miserables, no son personas autónomas y dependen completamente de la caridad, caridad que a veces brilla por su ausencia por que como leemos en el texto en realidad no les importan en absoluto: "muchos lo reprendían para que se callara" (Mc 10,48).


Jesús a este ciego no le da limosna... lo llama. Y en esta llamada Jesús no le pide NADA, no pretende nada de él, Jesús está ahí TODO PARA ÉL, todo dependerá de su ambición, de hasta donde quiere llegar, tal vez negociará con él una moneda o tal vez se jugará todo por el todo. A veces pensamos que Dios viene a quitarnos, a despojarnos o robarnos como los primeros personajes que negociaban porque quizá como ellos tenemos todavía las manos muy llenas de arroz o de bananas, como los simios de los que hablamos hace dos semanas, o estamos aficionados a nuestros quesos y creamos estrategias y justificaciones para mantenerlos, pero quizá estamos ya en el punto perfecto del camino, fuera de Jericó, listos para encontrar al Maestro. Todo depende que tan sinceros somos frente a nosotros mismos.


Bartimeo se había quedado ciego, no nos dice el evangelio como en otros casos que fuera ciego de nacimiento, esta condición lo llevó a ser un limosnero sentado al lado del camino, él reconoce su situación de pobreza total, sabe que la vida lo ha ido despojando de sus bienes y no tiene ya nada que perder. ¡Cuando la vida nos abate y caemos como coco, porque nos habíamos subido a lo más alto de la palmera! ¡Cuando llegan los huracanes que destruyen todo y no nos queda mas que abrazarnos a la palmera para salvar la vida porque todo se lo llevó la corriente! ¡Cuando hemos quedado en la ruina, en la desgracia material, espiritual, moral, ahí donde humildemente podemos reconocer que no tenemos nada que defender porque frente al espejo de nuestros ojos, cuando estamos solos con nosotros mismos no hay nada que podamos ocultar porque sabemos lo miserable que somos! Es ahí Jericó. ¿Tienes algún Jericó que todavía no aceptas?


En esta orilla del camino de Jericó, donde mendigamos un poco de afecto para ser valorados, reconocidos, amados y donde nos conformamos con cualquier migaja, vemos a Bartimeo que, sin embargo, hay algo que no ha perdido: el oído. Bartimeo no ve, pero OYE, y tiene un oído perspicaz, muy perspicaz. En medio de una multitud de ruidos sabe que Jesús está pasando y sin pelos en la lengua, a toda voz y a pesar de la amargura de la gente que quiere callar este mendigo que no sirve para nada, GRITA, porque le queda también lengua para gritar, tiene el valor no solo porque ya no tiene nada que perder sino porque sabe que puede ganar, y grita y grita y grita; y su grito es ensordecedor porque en él va una petición que no deja inmune el corazón del Señor ¡Jesús Hijo de David ten piedad de mí!, muéstrame misericordia ten piedad de mi (eleson me ἐλέησόν με) y lo repite al cansancio.

Y nosotros ¿llegamos al cansancio? ¿o la vergüenza nos hace mantenernos callados y al final orgullosos?


Recuerdo de niña, después de hacer la primera comunión no quería ir más a confesarme porque decía siempre caigo en el mismo pecado, ¿a qué sirve? Pero no me daba cuenta, sino con el paso del tiempo, que este reconocer mi pecado y exponerlo con vergüenza ante mi misma y ante los misioneros que me conocían, lo que me iba convirtiendo en ese Bartimeo que a fuerza de gritar mi miseria iba rompiendo mi orgullo y autosuficiencia y recibiendo la gracia, me hacía cada vez más fuerte para lograr superar esa misma miseria.

Y que maravilla cuando esos [email protected] conociéndome me decían sin embargo como la multitud al ciego, luego que Jesús lo llama ¡Ánimo, levántate, te llama! Y no sólo te levantas con animo de seguir adelante sino que eres capaz como el ciego de dar un salto y tirar el manto para venir donde Jesús (Mc 10,50).


A Bartimeo sólo le quedaba el manto, tal vez roído, sucio, viejo, pero que lo cubría y era la única posesión de la que nadie lo podía despojar (según los textos bíblicos del AT porque merecería la reprensión divina) pero él lo arrojó, se despojó porque el maestro el Hijo de David lo llamaba. No puedo imaginar aquél momento en el que el ciego está delante de Jesús sin poderlo mirar pero escucha su voz, quizá le pidió tocar su rostro para imaginarlo mejor, quizá le bastó oír aquella voz a quien no le fue indiferente su grito y se paró para llamarlo, aquella voz llena de misericordia y no de reprensión... quizá el ciego lloró cuando oyó que Jesús le pregunta: ¿qué quieres que haga por tí?


No lo llamó para darle una limosna sino para preguntar, como es su costumbre y su método: preguntar para sacar de nosotros lo mejor, ¿qué quieres que haga por ti? y Bartimeo no duda: ¡Que vea! Nada más y nada menos ¿piensas que puedo hacer esto? ¡Pues esto ser hará pero según tu fe! Esto si que es un reto para nosotros, la fe será el termómetro que lo hará pero no podría ser posible si no estuviera Jesús delante para hacérselo entender. Y lo pone de ejemplo ante todos los oyentes, los personajes de Mc 10 y la multitud que lo sigue pero solo hasta las afueras de Jericó.

Pero el milagro mayor de esta fe es tener la disponibilidad del tercer hombre o tipo de binario, tipo de disponibilidad y voluntad, que encenderá en él el deseo de tirar el manto (tirar: apobalon ἀποβαλὼν) mugroso y viejo pero que era lo único que tenía para cubrirse, la voluntad de dar un salto (anapedésas ἀναπηδήσας) con decisión dejando también su orilla en el camino, porque se lo está jugando todo y sobre todo de ponerse en camino con Jesús para seguirlo (akoloutheō ἀκολουθέω). Bartimeo, ahora, libre y disponible, con un pasado perdonado y una miseria sanada, no tiene más que gozar de ponerse en camino porque ha encontrado a Jesús, el tesoro que nada ni nadie le podrá quitar.

Este es el milagro de soltar el manto de dejar la orilla del camino sentado y cómodo para ponerse en camino y seguir al maestro y es el que tantos que van por delante de nosotros ya han vivido y nos animan a dar este salto decisivo y cualitativo, por ejemplo el peregrino de la calabacita, loco y mendigo por Cristo, o sea, San Ignacio de Loyola. 

San Ignacio en plena conversión y mientras va purificando sus profundos afectos y apegos, él que había querido ser un grande capitán del ejercito, ahora quiere hacer obras grandes por Cristo. Un día en su camino como peregrino hacia el santuario de Montserrat en Barcelona, encuentra a un árabe con el que discutió cuestiones sobre la Virgen María, pero no pudo convencerlo y el árabe lo dejó; Ignacio sintiendo que había hecho mal por no haberlo convencido, se dirige al camino por el que se le había adelantado el árabe pero llegando a una encrucijada no sabiendo que camino elegir, decidió que dejaría que su mula, sin la rienda, decidiera el camino, si se iba por el camino que tomó el moro, lo alcanzaría y lo agarraría a puños, pero si tomaba el otro camino llamado real, dejaría estar en paz la cosa. Seguramente el Señor en aquél momento proveyó a la mula de tanta inteligencia que ésta se fue por el camino real, si no nuestro impulsivo Ignacio se hubiera ido a enfrentar a puños al árabe, jajaja.


Cuando Ignacio llegó después al Santuario, delante el altar de nuestra Señora de Monserrate, tenía determinado dejar sus vestidos y vestirse las armas de Cristo. La víspera de nuestra Señora de Marzo en la noche, en el año 1522, se fue lo más secretamente que pudo a un pobre, y despojándose de todos sus vestidos, los dio a un pobre, y se vistió de su deseado vestido de saco de costal, que no era muy tejido y tenía muchas púas, compró un bordón y una calabacita, para llevar agua en su camino peregrino.

Ignacio no sólo no tuvo miedo de dejarle sus vestidos elegantes y su manto a un mendigo del camino, sino que aprendió también a despojarse del manto de su soberbia, por no haber conquistado al árabe, y de su manto de violencia, porque hubiera sido capaz de agarrarlo a puños, hasta en nombre de Dios.


Señor ¡ayúdame a ser [email protected] conmigo [email protected] para descubrir mis puntos ciegos, mis mantos nuevos y costosos o roñosos y mugrosos a los que estoy apegada, con los que me evado y con los que dilato mi entrega a ti en mi real y diario vivir!


Señor ¡Ayúdame a no tener miedo de ver las negociaciones mezquinas que hago contigo a cambio de seguirte, porque no me hacen más que un mezquino sinvergüenza... "soy demasiado importante para darte algo de mí, eres tu quien me tienes que conceder esto, esto y esto si quieres que te siga...!


¡Señor haz que sin miedo pueda dejar los ruidos multitudinarios de las mil justificaciones que me hago dentro de la conciencia porque no quiero reconocer mis miserias, esas justificaciones con las que intento callar el grito más profundo de mi corazón: ¡Ten piedad de mi!


Hazme entrar en la lógica de Bartimeo el ciego que delante de ti es un mendigo suplicante, un limosnero sin vergüenza, no un sinvergüenza limosnero! Porque todavía no he entregado la ofrenda de mi corazón atado; lo sabes bien, debo entender que mis ojos aun están cerrados (canción abajo).


Que pueda sin pelos en la lengua atreverme a gritarte desde el fondo de mi miseria ¡Señor Hijo de David ten piedad de mi, ten misericordia y compasión de mi y quítame esta ceguera que me deja embaucado en los bienes materiales, en los honores mezquinos en los placeres efímeros. 

¡ Cierro los ojos y escucho orando!

da click aquí para escuchar la canción:

¡Volver a volar!

¡Volver a volar!

Cristobal Fones sj.


Se que tus ojos me han mirado y tu paciencia me ha esperado pero aquí estoy, ya ves nuevamente enredado. Se que conoces mis heridas se que levantas las caídas pero ya ves, me cuesta creer que aun camines a mi lado.


Dame la cruz, te doy mi cruz,

dame tu mano

sólo así podre entregarme por entero

y caminar nuevamente por el aire

como la hoja que se mueve con tu viento. (Bis)


Es que todavía no he entregado la ofrenda de mi corazón atado; lo sabes bien, debo entender que mis ojos aun están cerrados. Toma mi fuego, toma mi barro al fin entiendo lo planeado. Aquí estoy Señor intento ser tu hijo amado


Dame la cruz, te doy mi cruz...